Represión en Cuba

Siquiatra o carcelero

SOCIEDAD
Siquiatra o carcelero
Luis Cino

LA HABANA, Cuba – Mayo (www.cubanet.org) – Siempre lamenté no terminar
mi conversación con el Dr. Bernabé Ordaz. Fue el único alto funcionario
del gobierno de que tuvo la decencia de escucharme,
siquiera unos minutos. Con paciencia y respeto. Sólo que no sé si lo
hizo en calidad de siquiatra o de carcelero.

En circunstancias normales, lo más probable es que nunca nos hubiéramos
tropezado. Me refiero como normal a que un joven viva de acuerdo a sus
opciones, aunque no coincidan con las razones y los intereses del
Estado. A que un médico sea simplemente eso, y no un ex guerrillero
devenido en miembro del Comité Central, además de dirigir un .

No eran circunstancias normales. Yo era otro adolescente que se negaba a
servir en el Servicio Militar Obligatorio. El Dr. Ordaz había
transformado el “dantesco almacén de locos” que era Mazorra en un
hospital siquiátrico con rasgos humanos. Sólo que una de sus salas
fungía como prisión.

A la Sala de Penados Carbó Serviá, además de criminales perturbados,
iban a parar desertores, disidentes, drogadictos y todo tipo de
inadaptados. Los que no encajaban en la sociedad comunista no podían
estar en su sano juicio.

Me encerraron en la sala de penados del Hospital Siquiátrico de Mazorra
una tarde lluviosa de abril de 1975. No sé si era siquiatra un mulato
gordo y bigotudo que tras llenar una planilla con mis datos y leer la
hoja del Comité Militar, sonrió socarrón y me dijo: “Desertor, ¿no? Aquí
te arreglamos, ya tú verás…”

Mis recuerdos de aquellos días son muy confusos. Me mantuvieron
fuertemente sedado. Por las mañanas un enfermero repartía las pastillas
a la fila de pacientes. Leía nombres de un papel. Tenía a su lado un
cubo de agua y un jarro de aluminio. Todos tenían que beber de él. Quien
se resistiera, era forzado a tragarse las píldoras, a golpes si era preciso.

La mente humana es sabia en lo que borra. Recuerdo a los pacientes
atendiendo los jardines o jugando béisbol. Los veía de lejos, a través
de una ventana enrejada. También los bastones de los “enfermeros” y de
los guardias.

También recuerdo los gritos de los que recibían electroshock. Esta era
la más temida entre todas las amenazas.

El requisito para salir de ese infierno no era la mejoría real o
aparente. Los que lograban salir, lo hacían por la intervención de
alguien influyente, que “resolvía” el alta o el traslado de ese antro.

Una mañana me vi sentado, como una apestosa alimaña, en el inmaculado
despacho del Dr. Ordaz. Mi familia consiguió que un alto oficial del
ejército en aquel entonces y amigo de Ordaz desde los tiempos de la
Sierra Maestra, intercediera a regañadientes por mí.

Otros no navegaron con la misma suerte. Nicolás Guillén Landrián, aquel
anónimo que sacó el cartel subversivo contra el jefe de estado en la
Ciudad Deportiva, una buena cantidad de los primeros activistas por los
Derechos Humanos, no tuvieron una oportunidad, como la que disfruté.
Salieron luego de largas sesiones de electro-terapia, término
eufemístico que usaban para no llamar al electroshock por su nombre.

Mi colega Juan González Febles me confesó que no se siente capaz de
volver sobre ese tema. Pasó por allí en 1988, enviado desde Villa
Marista. Fue la necesaria escala en su viaje hasta la prisión Kilo 7 en
Camagüey. Lo acusaron de desorden público. Esto fue motivo para
retenerle en Carbó Serviá durante una decena de días. Nadie en su sano
juicio, discutía con con la Seguridad del Estado. Técnicamente
tenía que estar loco.

Ordaz me miró como si quisiera convertirme en piedra, luego trató de
mostrarse comprensivo e inspirarme confianza. Sus manos no descansaban.
Se rascaba la barba, sacó un , que no llegó a encender, del
bolsillo de la guayabera. Se quitaba y se ponía los espejuelos. Cambiaba
de lugar el sombrero alón que mantenía sobre la mesa. Sus dedos
jugueteaban con el crucifijo (¡!) que colgaba de su cuello.

No recuerdo cuánto tiempo soportó mi chaparrón. Se suele ser
impertinente a esa edad y yo lo era en demasía. Saltó de su asiento
cuando le dije que yo no era un desertor, sino un objetor de conciencia,
como los que se negaban a ir a Viet Nam. Entonces cerró una gaveta con
violencia e interrumpió la conversación: “Mira, ¡No jodas más! -dijo- Te
vas y dentro de unos días te quiero en la Unidad, sin excusas ni pretextos”.

El comandante loquero lo tomó como un pacto de caballeros. No me
comprometí a nada, no me trataban ni me sentía como un caballero. Por
entonces, y todavía algo, para mí lo que dijera alguien del gobierno,
valía tanto como la palabra de una bailarina obesa y muda.

Nunca regresé a la Unidad, fue un largo forcejeo, pero ésa es ya otra
historia. Mi deuda con el Dr. Bernabé Ordaz, nunca se pudo saldar.

Su muerte ha hecho definitivamente imposible que termináramos aquella
conversación de hace ya más de 30 años. Me hubiera gustado explicarle
por qué no podía regresar a la unidad militar y unas cuantas cosas más.
Presiento que hoy hubiera entendido.

http://www.cubanet.org/CNews/y06/may06/25a6.htm

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