Represión en Cuba

Amenazado por la Seguridad del Estado

Amenazado por la Seguridad del Estado
“Escribir en Cuba puede ser un delito muy grave si uno persiste en
violentar los límites de lo permitido por el gobierno o si estos
sospecharan que alguien sabe mucho más de lo que escribe”, -señala
Ernesto Pérez Chang.
Ernesto Pérez Chang
abril 06, 2015

LA HABANA, Cuba. -A pesar de que el gobierno cubano afirma estar
dispuesto al diálogo sobre el respeto a los derechos humanos, e incluso
persiste en vender a la opinión pública internacional una imagen de
cambio, sus múltiples aparatos represivos continúan operando en contra
del derecho de los ciudadanos a la libertad de expresión. Pudiera
parecer una verdad de Perogrullo por las reiteradas denuncias no solo de
activistas de la oposición y periodistas independientes sino además de
escritores no oficialistas y artistas con proyectos contestatarios que
han sido acosados por los órganos de la Seguridad del Estado para que
desistan de continuar ejerciendo el derecho a expresarse con total libertad.

Solo porque decidí dejar de ser cómplice de represores y funcionarios
oportunistas, en un ambiente de tensiones he tenido que desarrollar mi
trabajo intelectual y mi vida familiar en los últimos meses. La
Seguridad del Estado ha establecido un cerco alrededor mío según me han
confirmado vecinos del barrio donde vivo. Muchos, entre ellos varios
amigos de la infancia, han sido visitados por agentes y oficiales del
Ministerio del Interior para ser usados o reclutados como informantes.
Les preguntan sobre mis familiares y amigos cercanos, quiénes me visitan
o si frecuento alguna iglesia en particular o si pertenezco a algún
partido u organización, también si vienen extranjeros a mi casa o si
pienso viajar en breve, o si mi nivel de vida ha mejorado. De paso les
infunden miedos, les advierten sobre guardar silencio acerca de sus
pesquisas, y hablan de mi como de un delincuente del que hay que
cuidarse para así justificar futuros arrestos y registros, así como las
actuales invasiones a mi privacidad.

Una buena parte de esos mismos vecinos, sobre todo aquellos que me han
visto crecer, o aquellos que simplemente me respetan por mi obra
literaria sobre la que han escuchado mientras mis libros tuvieron el
“permiso oficial” para ser promovidos en la radio y la televisión, han
reaccionado de manera solidaria y, aunque temen ser identificados, no
solo me dan cuenta de las constantes visitas de los represores sino que,
contrario a lo que era habitual hace algunos años atrás, estimulan mi
trabajo y me facilitan informaciones y hablan sobre cosas que los afectan.

Otros “amigos” se han acercado a mis padres y hermanas para infundirles
temores y, así como han sido usados por la policía, usar a mi propia
familia como método de control. Buscan desestabilizarnos a todos,
enfrentarnos y preparar el terreno para poder actuar violentamente sin
mayores consecuencias en un futuro. Escribir en Cuba puede ser un delito
muy grave si uno persiste en violentar los límites de lo permitido por
el gobierno o si estos sospecharan que alguien sabe mucho más de lo que
escribe.

A sabiendas de la unidad de mi familia, a pesar de nuestras abismales
diferencias ideológicas, en los últimos días algunos oficiales de la
Seguridad del Estado han querido usarla en sus maniobras para silenciarme.

Al tanto de que mi padre, militar, goza de privilegios y ha ocupado y
ocupa importantes cargos de dirección a nivel nacional, han usado sus
temores y sus conocimientos de cómo funcionan los castigos por
desobediencia, para causar enfrentamientos desestabilizándolo
emocionalmente. En ese sentido, sin dudas el próximo paso en sus burdas
estrategias silenciadoras será chantajear a mis hermanas con removerlas
de sus puestos de trabajo, negarles el acceso a algún empleo o frustrar
sus aspiraciones profesionales, solo por respetarnos mutuamente a pesar
de las diferencias políticas.

Sé que oficiales de la Seguridad del Estado, vinculados a la cultura y
especialmente al Instituto del Libro, han intentado controlar mis
actividades a través de amigos y familiares. No es necesario que alguien
me advierta al respecto. Durante mis años de trabajo en instituciones
culturales, aprendí que son métodos comunes y que son esos “policías
políticos” quienes deciden qué se publica, quiénes pueden hacerlo, cómo
hacerlo y cuáles son los límites de permisibilidad, cuándo y dónde es
conveniente que aparezca o se presente un libro o determinado autor. Sé
que suprimen líneas en las obras, que borran nombres, que “empantanan”
libros en las imprentas y que entierran tiradas completas en oscuros
almacenes.

Este año, a pesar de que fui invitado a la Feria del Libro de La Habana
y que mis libros fueron inicialmente incluidos en los planes de
presentaciones, “fuerzas ajenas a la cultura” obligaron a los
organizadores a suspender las actividades a las cuales yo debía asistir.
De acuerdo con testimonios de empleados de varias librerías de La
Habana, mis libros no pueden ser mostrados en las vidrieras ni se les
puede dar ningún tipo de promoción. Mi nombre ha sido prohibido en la
radio y la televisión, mientras que la prensa escrita no admite reseñas
sobre ninguna de mis obras.

Las presentaciones de mi libro “La cocina de los chinos en Cuba” todas
fueron suspendidas. El libro alcanzó la aprobación para ser vendido no
solo porque ya había sido anunciada la aparición sino porque, debido al
éxito de venta de este tipo de obras, su no publicación repercutiría tan
negativamente en los ingresos de la editorial que se verían afectados
los salarios de los empleados.

Lo que en realidad sucedió con mi libro “Cien cuentos letales” es una
verdadera nube de misterios. Mientras Rogelio Riverón, director de la
editorial Letras Cubanas, me aseguraba que había retrasos en la
industria poligráfica que impedirían la salida para la Feria, un
trabajador de la librería Fayad Jamís, en la Habana Vieja, me aseguraba
haber vendido los 100 ejemplares del mismo que había recibido desde
mucho antes de la fecha prevista para la presentación en la Cabaña.
“Todos se vendieron en unas pocas horas a pesar de la orden de cero
promoción”, me ha dicho este vendedor. En el resto de las librerías,
según he comprobado personalmente, se han recibido muy pocos o,
sencillamente, no han llegado.

Mientras se vendían algunos ejemplares en La Habana solo para “callarme
la boca” y hacerles ver a las personas “malpensadas” que la censura en
Cuba solo son “fantasmas de una paranoia”, se les informaba a los
Centros Provinciales del Libro que mi título no estaba disponible y, por
tanto, ellos no podían invitarme a ningún tipo de actividad en sus
territorios por ese motivo técnico y no por un acto de reprobación.

Hay quien me recomienda que, de ahora en adelante, desista de publicar y
presentar mis libros en Cuba pero no creo que sea la mejor actitud.
Renunciar es replegarse. Publicar fuera de Cuba ciertamente me reporta
mayores ganancias económicas por concepto de derechos de autor, es de
estas retribuciones que vivo y no tengo que esconderme. Mi trabajo es
escribir y mi vida es mi trabajo. No voy a renunciar al desafío de vivir
y ser escritor en Cuba. Ni tampoco al desafío de morir en mi país.

Que sean las propias editoriales las que rechacen mis libros y las que
reconozcan que actúan bajo presiones externas. Hay que desenmascarar,
jamás hacerles el juego.

Mi experiencia personal no es única. Es un ejemplo entre miles en Cuba,
de las consecuencias por desafiar el orden oficial y un testimonio de
cuán dificultoso es tomar el camino de reclamar nuestro derecho a la
libre expresión y a la libre información.

Son disímiles y perversos los métodos empleados para lograr el
silenciamiento pero todos persiguen acorralar mediante burdas amenazas
y, sobre todo, el desgaste sicológico del individuo. En esta atmósfera
enrarecida transcurre la vida de quienes, despojados del miedo, deciden
dar cuenta y narrar aquellas realidades que la prensa oficial cubana
está obligada a ocultar porque desmontan los discursos triunfalistas del
régimen.

Este artículo apareció originalmente en Cubanet el 6 de abril de 2015:

Ernesto Pérez Chang, (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971).
Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó
estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de
Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están
(2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). A finales de este año
2014, la editorial Silueta, de Miami, publicará su más reciente novela:
Comida. Escribe regularmente para Cubanet.

Source: Amenazado por la Seguridad del Estado –
http://www.martinoticias.com/content/amenazado-por-la-seguridad-del-estado-/90329.html

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