Represión en Cuba

La peor condena

La peor condena
A punto de cumplir 90 años, Fidel Castro ve cómo el pueblo abandona lo
que queda de país
martes, abril 19, 2016 | Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba.- Todos los dictadores, por lo general, han muerto de
forma trágica. Recordemos a Lenin, Mussolini, Hitler, Nicolae Ceausescu,
Milosevic, Saddam Hussein, Gadafi… Otros, como Stalin, Mao, Franco y
Hugo Chávez, agonizando como vegetales en sus camas.

La historia los ha condenado a todos. Ha contabilizado a sus víctimas,
ha retirado sus estatuas, los ha borrado de las listas como ¨ilustres
honoris causa¨, ha escrito, finalmente, la verdad sobre todos ellos.

Fidel Castro no ha muerto todavía. En agosto, si nada sucede antes,
cumplirá 90 años. Aunque no lo confiesa y como siempre ha estado bien
informado, sabe las consecuencias que ha tenido para Cuba su dictadura:
más de medio siglo de desabastecimiento de alimentos, planes económicos
fracasados, una receta que no ha dado resultado, un pueblo en extinción
porque las migraciones cíclicas no se detienen.

Por su culpa, por su grandísima culpa, ha convertido a Cuba en uno de
los países más necesitados del mundo, con sus miles de impedidos físicos
por sus guerras caprichosas. Obligó a los niños cubanos a ser ¨máquinas
de matar¨, como el Che.

Él, que participó durante meses en una guerra de guerrillas para tomar
el poder y ni siquiera lo agarró una bala perdida o una rama de espinas
le arañó la piel, que ni siquiera sufrió una simple herida en sedal,
luego de seiscientos atentados, está predestinado a ver con sus propios
ojos, a escuchar con sus propios oídos, cómo transcurre y cómo se diluye
su dictadura.

Igual que un puñado de sal en un vaso de agua.

A pesar del diario y costoso andamiaje propagandístico que ordena a su
favor, ahí está la Internet, donde se sabe todo y donde algún día
aparecerán los expedientes desclasificados de su vieja y polvorienta
Seguridad del Estado.

Morirá en su cama o en su silla de rueditas inmóviles que utiliza para
recibir algunas visitas, tratando de dormir pese a esas cifras que
vienen a su mente una y otra vez. No aquellas de Ubre Blanca con sus
decenas de litros de leche en los ordeños que lo obsesionaban, sino las
que más le duelen: los éxodos de un pueblo que lo odia y lo desprecia y
que lucha por abandonarlo, los miles de fusilados, los miles de presos
políticos plantados que nunca pudo doblegar, los miles que murieron
mientras él dirigía las guerras desde su despacho del Comité Central,
para implantar el comunismo en América Latina, los reprimidos o
encarcelados por disentir, escribir y pensar honestamente.

Tal vez Fidel Castro no sea juzgado ante la ley. Tal vez no sea linchado.

No importa si se nos va en silencio por la puerta de la muerte, allí, en
Punto Cero, en tierras que robó, en casas que no eran suyas.

Vivir tantos años ha sido su peor condena.

Source: La peor condena | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/la-peor-condena/

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