Represión en Cuba

Desventuras de un balsero cubano

Desventuras de un balsero cubano
mayo 9, 2016
Ivett de las Mercedes

HAVANA TIMES — El viernes cuatro de marzo, un grupo de 27 jóvenes salió
de Bahía Honda, municipio de la provincia de Artemisa, rumbo a los
Estados Unidos. La embarcación, de aproximadamente seis metros, fue
construida entre todos; llevaban agua, comida y un saco de esperanzas.

Al día siguiente se rompió el motor y vivieron dos semanas de agonía en
el mar. El sueño de un futuro mejor se alejó de sus mentes. Jorge
Mendoza Correa, de 29 años, vecino de Candelaria, fue uno de los
tripulantes y nos cuenta sus vivencias.

Jorge Mendoza Correa: Faltaban unas veinticinco millas para llegar a
Cayo Tortuga cuando el motor se rompió; se estaba calentando demasiado y
no había ningún recipiente grande para echarle agua y enfriarlo. Como
íbamos en marcha, sin obstáculos, decidimos utilizar el agua de los
tanques que llevábamos para echársela al motor; pienso que nos confiamos
y no previmos dejar un poco para saciar la sed. Quedamos a la deriva, a
kilómetros de nosotros pasaron barcos de cargas, aviones y nadie nos
recogía, le hacíamos señas, gritábamos. La desesperación fue creciendo,
los días pasando. Las olas eran inmensas, el sol terrible.

HT: ¿Llevaban protección para el sol y el frío?

JMC: Íbamos protegidos pero uno comienza a quitarse las cosas porque
molestan, empiezan las llagas en la piel. Por el día tienes que poner a
secar las enguatadas para en la noche cubrirte del frío; también hay que
tener cuidado de que el aire fuerte no se las lleve.

La casa de Jorge en Candelaria.
HT: ¿Estuvieron todo el tiempo sentados? ¿Cómo dormían?

JMC: Habíamos perdido un estabilizador, lo que impide que la embarcación
se vire o se hunda, así que había que equilibrar el peso: unos cuantos
para un lado y los demás para el otro; de pie no se podía estar porque
se viraba la embarcación. Tuvimos que sacar agua todo el tiempo.
Dormíamos ahí mismo, en una posición incómoda, cuando nos quedábamos
dormidos venía una ola y nos mojaba. A menudo nos tirábamos al agua para
refrescar del cansancio y veíamos los tiburones, nunca nos atacaron y
los delfines estuvieron con frecuencia a nuestro lado.

HT: ¿Qué sucedió cuando se quedaron sin alimento?

JMC: A los seis días de estar a la deriva ya carecíamos de alimento, el
agua que llevamos en los pomos la habíamos consumido. De alguien surge
la idea de tomarnos el orine, otro dice que es dañino, que tiene
amoniaco. Yo fui el primero en hacerlo: oriné y lo filtré con un
pulóver; era terrible tomarse aquello, pero uno se va acostumbrando.
También nos salvó en esos días el Pez Pega, lo comíamos crudo. Con
nosotros iba una enfermera que nos sacaba sangre y nos la tomábamos,
cada uno tenía su jeringuilla personal.

En la embarcación iba mi primo y cuidarlo fue uno de los motivos que me
mantuvo fuerte, a él no le podía pasar nada; también iba mi cuñado.
Todos nos convertimos en una familia.

HT: Dentro de una embarcación al pairo, sin agua ni alimentos, el sol
castigando, cualquier desgracia puede suceder. Los 22 tripulantes eran
conocidos, juntos planearon el viaje. ¿Cómo manejaron las pérdidas?

JMC: Fue doloroso. Estábamos muy pendientes de que nadie tomara agua
salada ni se mojara los labios cuando se echara agua por encima. Si eso
sucedía entonces te ibas en diarreas. Hubo momentos muy difíciles. El
primero fue cuando una de las muchachas comenzó a alucinar, se puso muy
agresiva, molesta, fuera de sí. Al día siguiente pidió disculpas, pero
la vi tomando colonia: esto me refresca, me dijo. Al mediodía se
desmayó, la cargamos, intentamos animarla y nada. Su semblante había
cambiado, los latidos eran más lentos, y comenzó a engarrotarse. No le
siento el pulso, le dije a los muchachos; la enfermera confirmó que
había fallecido. Decidimos dejarla en la embarcación, tapada, siempre
con la esperanza de que el barco madre nos rescatara y poder traer el
cuerpo. Con las horas el cadáver se fue descomponiendo, había mucho sol
y comenzó a echar sangre por donde quiera; tuvimos que tirarla al agua
tratando de evitar alguna infección o epidemia.

El segundo muchacho era del municipio de San Cristóbal, específicamente
del Martí. Él desde que salió de Bahía Honda estaba muy débil, vomitaba
mucho, no quería comer. Cuando comenzó a delirar ya sabíamos que en
algún momento había tomado agua salada; llamaba a su mamá y a su hija.
Se puso muy pálido y comenzó a engarrotarse. No pudimos tenerlo mucho
tiempo.

El tercero se quemó los pies y los tenía destrozados, nunca he visto la
carne ponerse de esa manera. Se quejaba mucho del dolor, estuvo
agonizando hasta fallecer. El día antes del rescate murieron seis
personas, ¿sabes lo que es perder a seis personas conocidas en un mismo
día? En total fueron nueve; si el Crucero no nos hubiera rescatado no
habría quedado nadie con vida. Creo que nunca voy a olvidar esos días.

HT: ¿Tuviste miedo? ¿Qué pasaba por tu mente?

JMC: Pensaba que también moriría. Estuvimos varios días en un lugar
donde no se veía ni pasaba nada, ni aviones ni barcos de cargas. El GPS
dejó de funcionar porque las pilas se humedecieron. Otro día sentimos
olor a mangle, seguro estábamos cerca de algún cayo, pero las corrientes
te arrastran. No teníamos ya cómo alumbrarnos, las fosforeras también se
mojaron.

Pensaba en los que murieron, personas que uno conoce desde pequeño, y en
cómo iban a reaccionar sus familiares, seguro que todos nos daban por
muertos después de tantos días sin noticias. Pensaba en mi hijo, en mi
madre, en mis esperanzas, en qué iba a suceder dentro de unas horas. No
podía llorar, no sé por qué, los demás rezaban, sobre todo las dos
mujeres. Se me pelaron las nalgas y me salieron unas llagas por estar
sentado, también en las piernas; ya no tenía fuerzas para sacar agua.
Había un silencio insoportable, el mar es terrible, sobre todo en la
noche con la frialdad; a veces no la puedes soportar. Al principio nos
abrazábamos, pero cuando pasaron los días no podíamos ni tocarnos por
las llagas y quemaduras. En momentos de tormentas hubo olas de doce
metros, fue mucha la tensión -por la falta del estabilizador- tratando
de mantener el equilibrio. Tuvimos que quitarle algunas tablas a la
embarcación para utilizarlas como remos y no nos dio resultado, las
corrientes son muy fuertes.

HT: ¿Qué pasó cuándo vieron el crucero?

JMC: Vimos al crucero de lejos; ya era la madrugada del 18 de marzo.
Planificamos no gritar ni hacerle señas hasta que no estuviera cerca,
pues no nos había dado resultado en los intentos anteriores. Tratamos de
acercarnos lo más posible, empezamos a gritar, hacerles señas con los
tanques. El crucero se aleja un poco, de pronto enciende un foco y nos
alumbra, pero se demoró bastante, quizá esperaba alguna orden. Vinieron
los de Seguridad y le dijimos que había algunos enfermos, nos
preguntaron si queríamos agua o si nos rescataban. Le dijimos que nos
rescataran. Subimos en grupos de cuatro hasta que los dieciocho
estuvimos a salvo. El crucero venía de Tampa, se llama Royal Caribe.
Estoy muy agradecido de las atenciones y cuidados que tuvieron, sobre
todo del rescate que es lo más importante, no podíamos sobrevivir un día
más.

HT: ¿Ni tomando agua hubieran podido continuar la travesía?

JMC: Estábamos muy débiles. Nos habíamos pasado de La florida. No
hubiéramos resistido un día más bajo el sol.

HT: ¿Qué sucedió dentro del crucero?

JMC: Nos sentaron en sillas de ruedas, una enfermera española nos tomó
la presión. Tomamos agua y refrescos energizantes. No podíamos comer
bruscamente, solo frutas y algo ligero. También nos dieron ropas y
zapatos. Estuvimos un día completo en el crucero. La atención fue
magnífica, pero empañada por la tristeza; en total habían muerto dos
muchachas y siete hombres.

HT: ¿Y luego del rescate?

JMC: El crucero nos dejó en Cozumel, nos montaron en una lancha rápida
de la marina y en 45 minutos llegamos a Puerto Ventura; después cuatro
horas hasta Quintana Rou, acompañados por el personal de Emigración.
Allá nos hicieron un recibimiento, vimos a la enfermera del centro
migratorio y nos dio unos medicamentos. Nadie nos habló de las leyes.

Llegamos el sábado 19 y el martes 22 fue que nos explicaron que había
que mandar los datos con una foto y una identificación al consulado
cubano y esperar quince días hábiles, en ese tiempo el consulado cubano
tiene que responder a Emigración si nos autoriza a seguir para Estados
Unidos o si nos repatria. Si no hay respuesta, Emigración vuelve a
enviar la información y después son 45 días hábiles más, en caso de que
el consulado no dé respuesta en esos 60 días, te sueltan para la calle.
Teníamos muchas esperanzas de que nos dejaran seguir camino. Estábamos
en un lugar que parecía una prisión, aunque ellos te dicen que no estás
preso, sino resguardado. A cuatro de nosotros los llevaron para el
hospital, a uno tuvieron que ponerle anestesia para curar las quemaduras
y las llagas de los pies; él sí pudo seguir camino y ya está en los
Estados Unidos; fue el único que llegó.

HT: Después de todo ese calvario ¿qué sentiste al saber que regresabas a
Cuba?

JMC: Hasta el último momento mantuve las esperanzas, yo no tengo familia
en Estados Unidos que me ayudara a pagar un abogado, pero sí teníamos
mucha fe en que nos dejarían continuar.

A las once de la noche del día 23 de marzo ya habíamos escuchado
rumores de que nos mandaban para Cuba, y así fue. Cinco horas de
Quintana Rou a Kumal y después a Cancún; una seguridad extrema.

Salí en el primer vuelo a las 7 am. Cuando llegamos al aeropuerto de
aquí vino la Seguridad del Estado y llenamos unas planillas, después nos
hicieron análisis y nos explicaron que nos iban a trasladar a Valle
Grande. Estuvimos cinco días, siempre explicándonos que no estábamos
presos. Cuando nos entrevistaron dudaron de nuestro testimonio, nos
culparon de las muertes. Para mí fue muy doloroso tirarlos al mar, todas
eran personas que conocíamos, que queríamos, crecimos juntos… y pasar
por el mal rato de entregarle a las familias solo unas prendas…

Después de cinco días en Valle Grande volvieron a investigar a dos de
nosotros. El día 29 nos trasladaron en una Yutong y nos dejaron en la
autopista de Candelaria.

HT: ¿Lo volverías a hacer?

JMC: Tal vez. Yo nunca he tenido problemas políticos, soy licenciado en
Educación, el salario es de 500 pesos mensuales, eso no alcanza para nada.

Sicológicamente estoy muy afectado, por las noches me es imposible
dormir recordando lo que sucedió, la agonía, el hambre, la
desesperación. Cuando me encuentro a los familiares de algún fallecido
enseguida me preguntan cómo pasó todo y aunque uno trate de ocultar
algunos detalles, mis palabras me delatan.

Yo creo que merecíamos llegar por todo lo que vivimos. Cuando me vi en
el avión de regreso todos mis planes se fueron a bolina, por dentro
estaba muerto. Antes de irme trabajaba en una escuela como profesor de
Química; ahora ya no tengo ni eso y debo mantener a mi hijo de seis
años. Si lo vuelvo a intentar estaría más preparado, pero no es una
tarea fácil, es jugarse la vida.

Source: Desventuras de un balsero cubano – Havana Times en español –
www.havanatimes.org/sp/?p=115445

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