Represión en Cuba

Es marxista la concepción de la soberanía en la Constitución de 1976?

¿Es marxista la concepción de la soberanía en la Constitución de 1976?
JOSÉ GABRIEL BARRENECHEA | La Habana | 6 Mayo 2016 – 7:41 am.

Según declara la Constitución en la República de Cuba, la soberanía
reside en el pueblo, del cual dimana todo el poder del Estado (artículo
3). No obstante, también establece un poco más allá que el Partido
Comunista (PCC) es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del
Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos
fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad
comunista (artículo 5).

La incoherencia entre una sociedad supuestamente establecida sobre el
principio de soberanía popular, y al mismo tiempo necesitada de un grupo
privilegiado que sea capaz de conducirla a la realización de ciertos
fines, que van más allá de las necesidades cotidianas, solo puede ser
superada si se parte de suscribir un añejo complejo de creencias.
Aquellas que sostienen que el pueblo por lo general no sabe lo que es
mejor para él, a la vez de que por fortuna habrá siempre ciertos
individuos con la suficiente penetración para saberlo, y con bastante
buen corazón como para sacrificar sus vidas en la labor de guiar a ese
pueblo, medio cegato, por el más corto y practicable camino hacia su
bienestar.

Una rápida ojeada nos permite ver que el sistema político cubano actual
no es para nada moderno, sino medieval. Al poseer fines supracotidianos:
la construcción de la Nueva Jerusalén, o la sociedad comunista, la
sociedad cubana solo puede adoptar una concepción medieval de la
soberanía. Como hemos visto, la Constitución de la República de Cuba
establece la existencia de un grupo o casta privilegiada, el PCC, cuya
función es guiar al pueblo hacia lo que Fidel Castro llamaba en sus
epifanías discursivas “el porvenir luminoso”. De hecho la sociedad
cubana tiende a organizarse de una manera harto similar a la de la
sociedad medieval: el rebaño que debe ser guiado por los pastores y
guardado por los perros se reproduce en la imagen cubana del pueblo que
debe ser conducido por el PCC y protegido por la policía política (la
ubicua y omnipotente Seguridad del Estado).

No obstante, debemos aclarar que al menos en el tema de en quién reside
en última instancia la soberanía, el sistema político cubano actual
tiene muy poco que ver con el pensamiento de Karl Marx. Contrario a lo
que la labor de sus simplificadores posteriores nos han hecho creer, el
discurso del fundador del llamado socialismo científico no partía de
esos fines supracotidianos alcanzables por la voluntad, y de imposible
coexistencia con el principio de soberanía popular plena. A diferencia
de Lenin, Marx parte de la visión de unas fuerzas ciegas de la
consensuación inconsciente (en esencia, el mercado) que poco a poco
habrán de transformarse, al final de los tiempos, en fuerzas de
consensuación consciente (el ágora).

El tema de la soberanía, según Marx

Marx predice la llegada de la sociedad poscapitalista pero no se atreve
a imaginar su ordenamiento, ya que con ello prejuiciaría a quienes en
propiedad les toca consensuar tal orden. Para él el capitalismo tomará
necesariamente una evolución que conducirá a la polarización casi
absoluta de la sociedad en una minoría de burgueses y una absoluta
mayoría de proletarios. Esto no puede desembocar más que en una
revolución política y en el establecimiento de la sociedad
poscapitalista. Es aquí que comienza el gran salto que él describe como
del reino de la necesidad al reino de la libertad, en que el absoluto
imperio que sobre el destino de la humanidad ejercen las leyes de la
economía comienza a dejar paso al que desde el interior de la sociedad
humana dictan los procesos de consensuación democrática.

Para Marx la sociedad humana es guiada hasta el capitalismo por el
inconsciente juego de los intereses personales, traducidos sobre todo en
intereses estamentales, y por la esencial precariedad de todas las
sociedades precapitalistas, que las incapacita materialmente para
asegurarle condiciones de vida dignas a toda la población posible, e
incluso a toda la población realmente viva en cada instante de tiempo.
El capitalismo crea las condiciones para superar ese reinado de leyes
económicas sobre las que el hombre no tiene real control. En primer
lugar, el capitalismo trae tal aumento de la productividad que crea las
condiciones para una sociedad en que todos los hombres, potenciales y
reales, puedan vivir con dignidad y hasta en la abundancia. En segundo,
por sus leyes intrínsecas conduce a la más arriba referida polarización
extrema de la sociedad humana y al consiguiente triunfo de una sociedad
nueva.

El socialismo es para Marx esa sociedad en que ya la economía no le
dicta a los hombres sus leyes, sino a la inversa, mediante mecanismos de
consensuación que ya están en ciernes, en potencia, en el modo de vida
del proletario. Cuya principal virtud, por cierto, no es su pobreza,
sino precisamente esa capacidad de consensuar el futuro humano que le
deja su particular posición en el proceso productivo altamente
tecnificado de la sociedad capitalista.

De hecho, para Marx la pobreza más bien impide desarrollar la base
cultural imprescindible al ejercicio consensual. Sus repetidas
referencias negativas a lo que él llama lumpen proletariado, y hasta a
la necesidad de eliminar a naciones y grupos retrógrados dentro de la
sociedad europea (croatas, vascos, bretones), nos dejan bien claro que
Marx no fue nunca un reivindicador de pobres y humillados, sino más bien
un reformador temeroso de las masas que caen o persisten en estados de
estancamiento cultural.

Para Marx es la consensuación consciente de sus problemas cotidianos,
entre la absoluta mayoría de los proletarios en un inicio, entre todos
los individuos poco después, la que necesariamente conducirá a la
sociedad que él llama socialista a convertirse en comunista. Un punto de
llegada que él tampoco se toma el atrevimiento de definir, y que muy
bien podría identificarse con ese otro ideal utópico que en general
subyace en el pensamiento de liberales y anarco-individualistas: la
sociedad abierta, o aquella en que la conducta del individuo solo es
definida por criterios personales; por sus imperativos morales.

El tema de la soberanía, según Lenin

Lenin, por su parte, en cuya infinitamente más basta visión
antropológica se fundamenta el sistema político cubano actual, no es que
no solo no comparta en el fondo la confianza de Marx en la capacidad del
proletariado para construir el futuro. El caso es que en la Rusia de
1917 no cabe la identificación marxista de proletariado con pueblo. En
el inmenso país donde Lenin y su partido de los cuatro gatos han
pretendido iniciar una revolución “socialista”, tras hacerse con el
poder mediante una afortunadísima jugada política, la clase obrera
difícilmente alcanza a constituir el 2 o 3 % de la población total.

Para el Lenin que se enfrenta a la realidad de una sociedad que para
nada se parece a la que según Marx daría paso a la socialista, se
necesita obligatoriamente una vanguardia que empuje a punta de pistola
los esfuerzos “comunes” en la construcción ya no del reino de la
libertad, sino de la voluntad. Y es bien sabido que la voluntad, al ser
sacada de su necesario contexto moderador, la libertad, tiende
naturalmente a caer en un inevitable proceso de contracción. La libertad
de todos no tarda en convertirse en la de una vanguardia, la de una
minoría en la de unos pocos, si acaso en la de uno: la de Lenin, Stalin,
Mao, Fidel Castro…

Porque el problema no radica solo en los porcientos. El necesario grado
de sofisticación cultural imprescindible para establecer una sociedad
consensual parece faltar no solo en el minúsculo proletariado ruso, sino
en absolutamente todas las demás clases rusas, hasta las más
occidentalizadas. Y por sobre todo, el primero que parece carecer de lo
necesario para vivir en la sociedad poscapitalista presentida por Marx,
el socialismo consensual, es nada menos que el mismísimo Vladimir Ilich.

Trabas de la megalomanía

La paradójica realidad es que los caminos autocráticos que en el siglo
XX toma el mal llamado movimiento comunista, en no poca medida se
explican por la imposibilidad que en la gran mayoría de las mentes,
sobre todo cuando en la sociedad en cuestión todavía no se ha alcanzado
el grado de sofisticación cultural necesario, encuentra el lograr
aceptar que en los procesos de consensuación entre millones pueda el
individuo ser efectivamente libre. O sea, que lo que llamamos comunismo
en el siglo XX resulta ser como es por una traba individualista en
determinadas mentes concretas, profundamente cargadas de rezagos
culturales precapitalistas.

¿Cómo puede un individuo con la tendencia a la megalomanía de Lenin o
Fidel Castro, con su procedencia social terrateniente o nobiliaria,
entender aquella visión de Marx de que el reino de la libertad no es
otra cosa que la libertad de la sociedad humana para consensuar su
futuro, de manera consciente, entre todos sus individuos? ¿Podrá un
individuo semejante aceptar que su voto vale exactamente lo mismo que
los de los demás millones de camaradas, cuando tantas ideas bullen en su
cabeza, pero que de someterlas al escrutinio de los demás encontrarían
por lo menos barreras temporales a su inmediata aplicación?

La concepción leninista de la soberanía, y por lo tanto la cubana
reflejada en su actual constitución, a la larga no es otra que el
regreso a la concepción platónica en que los soberanos absolutos son los
reyes-filósofos a cargo del Estado. Una más de las muchas reacciones
retrógradas ante la Modernidad que se vivieron en el siglo XX, prima
hermana de los fascismos y nazismos, pariente cercana de ciertos
radicalismos islámicos que hoy se expanden a través de las redes sociales.

Source: ¿Es marxista la concepción de la soberanía en la Constitución de
1976? | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1462455954_22162.html

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